Aunque es una metrópoli, lo que sorprende de Dublín, capital de Irlanda, es la cotidianidad ordenada, aunque animada, que se respira: a pesar de que cuenta con más de un millón de habitantes incluyendo el extrarradio, Dublín da la impresión de ser un lugar recogido y poco caótico.
La zona más animada, sobre todo en el fin de semana, es Temple Bar, barrio histórico y célebre de Dublín muy rico en pubs y locales diversos. Cada viernes aquí estalla la fiesta con numerosos grupos musicales por todas partes y cerveza sin límite.
A pocos pasos de estas alegres calles, se alza el Dublin Castle, el antiguo castillo de la ciudad que, aunque está en pleno centro, parece conseguir confinar fuera de sus murallas los ruidos exteriores. El visitante es recibido por un jardín muy verde que acompaña hacia la entrada verdadera. Se pueden visitar varias estancias del Castillo, dependiendo sin embargo de los compromisos institucionales previstos que podrían requerir el cierre de varias alas de la estructura. No se podrá marchar sin antes haber admirado la rica exposición de la Chester Beatty Library, también dentro de la fortificación.
En cuanto a museos, Dublín se defiende excelentemente con el Irish Museum of Modern Art, la National Gallery, el National Museum, el Writer’s Museum o el Museo de Historia Natural. Para hacer un repaso de la historia de Dublín, en Dame Street está el City Hall, ejemplo de arquitectura georgiana y lugar donde la historia ciudadana se cuenta con exposiciones permanentes.
No muy lejos de aquí, está el Trinity College, la universidad de Dublín en cuyo interior se puede visitar la antiquísima biblioteca y el Book of Kells, un libro iluminado finamente decorado por monjes irlandeses, que contiene la traducción latina de los cuatro Evangelios.
Una parada en los jardines del Trinity College y luego se puede dar un paseo por la estatua de Molly Malone para comenzar un recorrido por Grafton Street, la calle de las compras de Dublín.
También merecen admirarse las iglesias, dos de las cuales son particularmente importantes: la Christchurch Cathedral, de culto anglicano, es el edificio más antiguo de Dublín; a solo unos cientos de metros se encuentra la Catedral de San Patricio, también protestante, aún más grande y rodeada de jardines y flores.

Siguiendo hacia esta zona de la ciudad, se llega fácilmente a la Guinness Storehouse, la fábrica que produce la célebre cerveza negra. Los visitantes podrán recorrerla a lo largo de los seis pisos que conforman el recorrido, al final del cual se podrá degustar una pinta en el Gravity Bar, el local completamente rodeado de ventanas que corona la torre de Guinness y regala una vista impresionante y de 360° sobre Dublín.
También se puede visitar lo que queda de la histórica destilería de Jameson, empresa productora del famoso whiskey. Es hora de volver hacia Temple Bar, dejándose guiar por la luz en el cielo del Spire de O’Connell Street, la calle más grande de Dublín. Desde aquí se puede ir hacia las orillas del río Liffey que divide la ciudad en lado norte y lado sur; el puente más característico que une ambas zonas es el Ha’penny bridge: de un lado está Temple Bar, del otro el animadísimo barrio lleno de tiendecitas de música, de ropa, de comida de todas las culturas y de mercadillos de frutas y flores, muy pintorescos y característicos.
Para quienes aman la naturaleza, maravilloso es el Phoenix Park, un parque enorme dentro del cual está el Zoo de Dublín y mucho espacio verde, todo para disfrutar. Muy particular, a ratos poética, es la bahía de Dublín, sobre la que escribió mucho también James Joyce, cuya estatua se puede ver a lo largo de O’Connell Street.
También los Docks, la zona portuaria que está cambiando su rostro a favor de nuevos edificios modernísimos, reserva vistas características… ¡quién sabe por cuánto tiempo más, dada la velocidad a la que se está construyendo!

