Fuerte de su posición en la costa occidental del Mar Rojo, Marsa Alam ofrece unas vacaciones de ensueño sin renunciar a un paisaje aún no invadido por el turismo. La ciudad egipcia se sitúa precisamente donde el desierto del Sahara termina su largo recorrido encontrando las orillas del Mar Rojo, en un entorno rico en palmerales y manglares.
Quien busque un contacto íntimo y profundo con la naturaleza virgen llegando a Marsa Alam podrá experimentar sensaciones fantásticas. Se podrá relajar en la cálida, suave y blanca arena para luego sumergirse en las espléndidas aguas azules y admirar el paisaje marino totalmente natural.
Gracias a la fabulosa barrera coralina del Mar Rojo se podrán explorar fondos marinos llenos de variedad ictícola y numerosos tipos de corales.
El punto fuerte de Marsa Alam son los sitios de buceo aún libres de aglomeraciones, en los que se pueden admirar incluso a los temidos tiburones martillo, los simpáticos delfines y los raros dugongos. Los destinos más recomendados para practicar el buceo y el snorkel son el profundo Elphinstone Reef, el más superficial Marsa Abu Dabab (conocido por la presencia del dugongo) y el Samadai Reef (también llamado ‘Dolphin House’), hogar de un numeroso grupo de delfines. El mejor período para las actividades submarinas es el verano con temperaturas del agua por encima de los 30° C, aunque usando un traje más grueso no se desdeñan tampoco los 24° C invernales.
Quien no esté muy acostumbrado a las inmersiones, puede optar por un safari aventurero en el desierto a bordo de un quad o de un jeep, o montando un camello o un caballo. Sumergidos en el áspero interior, se puede degustar el famoso ‘té en el desierto’ en una típica tienda beduina, admirando una fantástica puesta de sol que da nuevos matices al paisaje circundante.
Visitada la tranquila Marsa Alam y conocido su habitantes por su seductor optimismo, se puede salir de los límites urbanos hacia los lugares más ‘turísticos’ cercanos. Quien esté fascinado por los patrimonios históricos puede llegar a El Quseir y admirar la fortaleza otomana con sus cañones sobresalientes, casi protegiendo a las personas en los bazares subyacentes. Si se tiene la posibilidad, se puede alcanzar Wadi Hammamat para admirar las centenas de inscripciones rupestres (algunas datadas incluso en el 4000 a.C.) que decoran las paredes del lecho seco o llegar hasta la ciudad de Luxor, conocida por su templo egipcio y por el Gran templo de Amón, en el pueblo de Karnak. Quien quiera, en cambio, seguir sumergiéndose en la naturaleza puede dirigirse hacia el Parque Nacional de Gebel Elba, que guarda una gran variedad de ecosistemas.
Tras haber recorrido para descubrir las bellezas naturales es tiempo de relajarse ante una buena comida a base de verduras y hortalizas (como el baba ghanouj, puré de berenjenas asadas y tahina), de pescado (a la parrilla o frito) y del dulcísimo baklava, hecho con pasta filo, frutos secos y miel.

