Los más importantes son el Parque Arqueológico, a tres kilómetros de la ciudad de San Agustín (alt. 1.730 m temp. media 18 °C), la Chaquira, sobre las rocas que dominan el cañón del río, y el Alto de Los Ídolos, el cementerio de los chamanes, a 26 kilómetros al norte de la ciudad.
El Parque arqueológico es el sitio donde se conserva el mayor número de estatuas. Está formado por cuatro terraplenes construidos en medio de la selva, las Mesitas, túmulos funerarios que cubrían algunas tumbas y sobre los cuales se erigen las estatuas, creadas para proteger a los difuntos y no para ser vistas y admiradas.
Entre estas colinas, un pueblo enigmático, cuyas primeras huellas datan del 3000 a.C., dejó como legado el mayor museo al aire libre de Sudamérica: más de 500 estatuas, grabados, tumbas y sarcófagos ubicados en medio de la selva, sobre terraplenes despejados, en gigantescas rocas y en la cima de colinas.
Muchas de estas estatuas miden entre uno y seis metros de altura, pesan más de una tonelada y representan la dualidad en todas sus formas: luz y sombra, sol y luna, vida y muerte.
Nos encontramos en el departamento del Huila, en la zona suroccidental de Colombia, en un complejo arqueológico de 500 kilómetros cuadrados cuyo centro es la ciudad de San Agustín. Aquí, entre el siglo V y el XI de nuestra era, una civilización de tribus dedicadas a la agricultura, a la caza y a la pesca dio vida a una cultura animada por sacerdotes jaguar, sacrificios humanos y animales míticos, para luego desaparecer misteriosamente antes de la llegada de los colonos europeos. Al frente de cada tribu estaban los chamanes, en cuyas tumbas se encontraron ofrendas funerarias, oro y cerámicas, en gran parte saqueadas durante los siglos XIX y XX.
Las estatuas eran los guardianes de los difuntos, de sus tumbas y de sus sarcófagos. Son figuras antropomorfas y zoomorfas, pero también hay imágenes irreales, como máscaras de monstruos y seres híbridos.
Agricultores, guerreros, mujeres con niños, y luego animales sagrados como el jaguar, la rana, la serpiente, el mono y el águila. En esas esculturas están encerrados los secretos de la civilización de San Agustín. Las estatuas miran casi todas hacia el este, en honor al Dios Sol, son grises y bidimensionales, parecen hechas de cemento, pero en realidad son de piedra volcánica y en su tiempo estuvieron pintadas de amarillo, rojo, negro y blanco. La mayoría están dispersas en las 78 hectáreas del Parque Arqueológico de San Agustín, a tres kilómetros de la ciudad.
El antiguo pueblo había construido aldeas de chozas de las que hoy prácticamente no queda nada en las grandes praderas que rodean las Mesitas. Desde la Mesita C, la más alejada de la entrada, un sendero en descenso rodeado de un túnel de vegetación densa conduce hasta el lugar ceremonial más importante del parque y quizá a la escultura más compleja de todo el circuito arqueológico: La Fuente de Lavapatas (lavapiés), donde se realizaban ceremonias religiosas y baños rituales.
Aquí, sobre el lecho del arroyo de Lavapies, se han tallado en la roca figuras de serpientes, lagartos, salamandras, rostros y formas humanas que canalizan el agua en un laberinto de riachos y pequeñas piscinas. Desde La Fuente de Lavapatas, el camino se interna en subida atravesando la selva por el costado de la colina hasta llegar a otro lugar muy importante del parque: El Alto de Lavapatas, el punto más alto de la zona.
Una explanada verde construida artísticamente por la antigua civilización desaparecida desde donde se puede admirar todo el paisaje a 360 grados y donde se encuentra una de las estatuas más enigmáticas del parque: el Doble Yo, representación de un Ídolo sobre cuyo cabeza está agazapado un mono con rostro semi-humano, puesto a proteger diversas tumbas.
Antes de concluir la visita al parque, no se puede dejar de recorrer “El Sendero de las Estatuas”, un camino solitario que se adentra en la selva y a cuyos lados se han colocado treinta y cinco estatuas reunidas de diversos sitios. Entre ellas, las más célebres son el agricultor, representación de un hombre con dos herramientas agrícolas en las manos, y el guerrero.
Durante los siglos XIX y XX, las tumbas y sarcófagos fueron saqueados múltiples veces y, además del oro y las cerámicas, se dispersaron también restos humanos importantísimos para una investigación histórica más profunda sobre los orígenes y la desaparición de la misteriosa civilización de San Agustín. Las causas de la desaparición de este “pueblo de piedra” son desconocidas. Tal vez la influencia del imperio Inca, que desde Perú se extendía hasta el sur de la actual Colombia, fue la causa principal de este declive.

