En Italia alrededor del siglo XIII se comenzó a utilizar más ampliamente esta “especie de mosaico hecho de madera” y en el 1500 muchos artistas hicieron un amplio uso de la taracea como técnica creativa. Los pintores, a petición de los comitentes, entregaban a los taraceadores un boceto pintado para reproducir con la técnica del entallado; otras veces ocurría que los comitentes de los pintores eran los mismos taraceadores, que para realizar sus obras solicitaban dibujos sobre los cuales basarse.
En el siglo XVI los escritores de arte impusieron una gran discriminación entre las “artes mayores” y las “artes menores”. En esa jerarquía entre las artes, las taraceas de madera, como la cerámica, los tapices y los vidrios, fueron relegadas a las “artes menores”, tanto que el pintor-arquitecto Giorgio Vasari en 1568 definió la taracea como un “mediocre sustituto de la pintura”. Incluso Galileo Galilei la consideró un “juntazón de palitos de diversos colores”.
Sin embargo, aunque vista con ojo crítico, en el siglo XVI la taracea fue una de las ocasiones para experimentar la perspectiva, recién descubierta. En las taraceas, de hecho, la ilusión del lleno y el vacío y de la cercanía y lejanía de los objetos no eran más que la elaboración y desarrollo de los dibujos perspectivos realizados con técnicas pictóricas.
Los artistas, juntando piezas de madera con tonalidades y matices diferentes, realizaban falsos armarios dentro de los cuales colocaban naturalezas muertas, ventanas ilusorias que permitían entrever encuadres y vistas perspectivas, falsas hornacinas que albergaban santos, personajes religiosos y figuras alegóricas; los trompe l’oeil, aunque en menor medida, completaban el abanico de taraceas producidas.
Sin duda este arte tenía un encanto propio, y todavía hoy, después de 4 siglos, la taracea es una técnica muy empleada. Especialmente en Sorrento. En la patria de Torquato Tasso, los artistas-artesanos continúan produciendo estos objetos únicos y preciosos, destinados principalmente a un mercado extranjero, trabajándolos según los métodos antiguos. Los entalladores de Sorrento, con paciencia, pasión e inventiva, utilizando diversas calidades de maderas logran obtener paneles figurativos y objetos decorativos con efectos cromáticos y perspectivos absolutamente inesperados.
Las taraceas que se producen hoy en Sorrento no son sin embargo las mismas de siglos pasados: los artesanos, muy atentos a las demandas del mercado, han desplazado su producción hacia el campo del diseño, del objeto puro. Aunque los diseños y fantasías que se taracean son los de siempre: los clásicos “ornamentos florales”, los paisajes sorrentinos y las figuras típicas locales. Cofres y cajas, arcones y marcos, lámparas, armarios y mesitas, son todos objetos producidos artesanalmente, siguiendo sin embargo dos líneas de trabajo diferentes: una que privilegia la conservación de la madera en su estado natural, mate, como lo requiere el mercado europeo; otra que prevé el acabado de los objetos con poliéster para hacer los productos brillantes, como prefieren los compradores americanos. Estos últimos además están especialmente apegados a las taraceas de Sorrento. Los music-box, los famosísimos cofres joyeros con carrillón producidos en Suiza o Japón, los americanos los llaman simplemente “Sorrento” y la música más solicitada es naturalmente “Torna a Surriento”.
Las maderas utilizadas para la elaboración son todavía las de antes: el haya y el palisandro, el castaño de Indias y el naranjo, el tulípero, el arce, el peral, el ébano y el padouk; y también los matices y juegos de sombra se obtienen, como antaño, sumergiendo cada pequeña pieza de madera en arena hirviendo; los miles de tonos de color se consiguen con métodos industriales para garantizar un alto estándar de calidad y reducir los tiempos de producción. Pero todavía hay algún “purista” que a pesar del tiempo prefiere hervir las tablillas en mezclas de hierbas y esencias, según una práctica tradicional que hoy en día es sin duda antieconómica. La fibra y la textura de la madera tienen un marcado componente gráfico, mientras que el tipo de corte practicado por el artesano – paralelo, transversal o normal -, junto con los compuestos vegetales usados para la coloración, ofrecen una cantidad verdaderamente infinita de matices.
Los artistas entalladores están siempre en busca de maderas con vetas particulares y tonos “inéditos”. Por ejemplo, la repentina liberación de dioxina de las plantas de Icmesa que hace algunos años provocó un desastre ambiental en la zona de Seveso, modificó el color de los troncos de los árboles de todo ese territorio, haciendo que la madera tomara tonalidades irreproducibles en la naturaleza con matices absolutamente extraordinarios. Un artista de Sorrento logró conseguir algunas de esas maderas y hoy las utiliza para producir piezas verdaderamente únicas.
Desde hace casi dos siglos la taracea es una de las principales actividades económicas de la Península Sorrentina. Los maestros entalladores transmiten su arte de padre a hijo y para proteger un producto que involucra alrededor de 100 talleres artesanales y más de 600 personas nació la Unión Artesanos Taracea Sorrentina; entre las iniciativas de la Asociación está la realización de la Muestra Permanente de la Taracea, organizada en los talleres del Instituto de Arte “Francesco Grandi” que se encuentra dentro del Claustro de San Francisco. En la escuela es posible seguir cursos para aprender el arte de la taracea, aunque el trabajo en taller sigue siendo el método mejor para descubrir todos los “secretos” del oficio. En cualquier caso, el curso de “técnica de la taracea” es el más antiguo y prestigioso de la escuela: se piense que la sección de Mobiliario y Taracea existía ya a finales del siglo XIX.
En Sorrento son muchos los taraceadores famosos y casi todos son también ebanistas y restauradores. Sin embargo, cada uno tiene su campo específico de producción: hay quienes son expertos en la creación de mesitas de juego y marcos, y quienes están especializados en mosaicos o cajas. También el retrato y la reproducción de famosos cuadros son temas muy solicitados, especialmente por el mercado japonés. Se pueden contar con los dedos los artesanos que todavía producen los famosos cofres con el “secreto”, cajas joyero de madera de olivo con un sistema tradicional y laborioso que oculta la pequeña cerradura.

