El Archivo Estatal de Nápoles fue creado como “Archivo General del Reino” por decreto real el 22 de diciembre de 1808, con el objetivo de reunir en un solo lugar los archivos históricos de las instituciones que existían antes de la llegada de José Bonaparte a Nápoles en 1806.
Así se concentraron los fondos de la Regia Camera della Sommaria, que custodiaba los catastros de todos los municipios del reino, la Cancelaría, las Secretarías de Estado de época virreinal, los máximos órganos consultivos y judiciales (
Consiglio Collaterale, Real Camera di S. Chiara, Cappellano Maggiore, Sacro Regio Consiglio, Gran Corte della Vicaria), y documentos de otros numerosos organismos estatales.
Tras la Restauración borbónica en 1815, pasó a llamarse “Gran Archivo del Reino” y se estableció el principio de incorporar periódicamente tanto los documentos de las administraciones cesadas como los de las vigentes. Desde 1860, el archivo experimentó un notable crecimiento de sus fondos gracias a la adquisición de los ministerios borbónicos y otros entes centrales como la Consulta di Stato y la Gran Corte dei Conti.
El primer director tras la Unificación fue el economista y periodista Francesco Trinchera, quien, basándose en el destacado trabajo anterior del archivero Michele Baffi, publicó en 1872 la primera guía sistemática a los fondos del archivo de Nápoles. Le sucedieron destacados estudiosos como Camillo Minieri Riccio (1874-1882), Bartolomeo Capasso (1882-1900) y Eugenio Casanova (1907-1915), este último autor de un famoso manual de archivística y de un amplio informe sobre el archivo en el decenio 1899-1909, publicado en 1910.
Bajo la dirección de Riccardo Filangieri di Candida (1934-1956), etapa en la que se inició la adquisición de archivos privados, el Archivo Estatal de Nápoles sufrió su peor tragedia: durante la Segunda Guerra Mundial, una enorme cantidad de valiosos documentos antiguos, trasladados a un depósito cerca de Nola para protegerlos de los bombardeos, fue destruida por tropas alemanas en retirada en septiembre de 1943.
A lo largo del siglo XX, perdió su función de archivo de capital y pasó a recibir fondos de organismos locales y provinciales, como la Prefectura, la Jefatura de Policía y la Oficina Fiscal de Distrito, incluyendo documentos relativos al Catastro provisional de Nápoles establecido por Murat en 1809 y vigente hasta 1914. El primer piso del Monasterio de los Santos Severino y Sossio, sede del archivo, constituye hoy la zona museística del Archivo Estatal de Nápoles.

En el corazón del Instituto—donde se encuentran la Sala principal de estudio, la Sala de inventarios y la Sala de acogida—también estuvo para los monjes el centro de la comunidad. Los cuatro magníficos claustros marcaban su vida; la Sala capitular, decorada por Belisario Corenzio a principios del siglo XVII con un ciclo de frescos cristológicos, era el lugar de debate; el gran Refectorio, impresionante y evocador, era el centro de la vida cotidiana monástica.
Aquí conviven distintas épocas y funciones: el monasterio, el archivo decimonónico y el actual instituto cultural. La visita al Archivo Estatal de Nápoles hoy se limita a las salas del primer piso. La visita virtual, sin embargo, abre las puertas a su “Archivo secreto“: áreas normalmente cerradas al público, ocupadas por oficinas o depósitos de documentos que, a pesar de su función, esconden auténticas joyas artísticas y archivísticas.
En el tercer piso se pueden admirar hallazgos de la época romana, instrumentos de precisión del siglo XIX y la pieza más antigua del archivo, la Carta lapidaria, ejemplo claro de la combinación entre documentos y monumentos tan característica del complejo de los Santos Severino y Sossio. En el cuarto piso se crearon, sobre todo en la primera mitad del siglo XIX, grandes salas monumentales para la conservación de documentos. Dichas salas, fuera de los recorridos habituales para el visitante, destacan tanto por la riqueza de las colecciones conservadas como por sus interesantes soluciones de estanterías.

