Acurrucada en un estrecho valle prealpino, a un tiro de piedra del Lago de Constanza, es la capital del cantón homónimo y un polo industrial, cultural y congresual de notable interés.
El casco antiguo es encantador: encerrado como una cáscara de nuez alrededor del imponente complejo de la Catedral dedicada a San Galo y de la célebre Biblioteca de la abadía (conserva más de cien mil entre volúmenes, manuscritos, códices miniados e incunables, que datan del siglo VIII al XI), rezuma reminiscencias medievales, renacentistas y barrocas.
Hospedarse en San Galo, aunque sea por poco tiempo, es sin duda un privilegio, una oportunidad para familiarizarse con las hermosas casas con voladizos de piedra o madera tallada, que aquí llaman Erker; con los talleres de telas, donde manos expertas confeccionan encajes y puntillas de cuento; con los talleres de carrillones y, en general, con una atmósfera acogedora, académica sí pero, al mismo tiempo, animada y provinciana. Las paradas monumentales que no debes perder, además del mencionado complejo de la Klosterhof, la Plaza de la Catedral, son las cercanas Gallusplatz y Gallustrasse, bordeadas por espléndidas casas burguesas barrocas, la iglesia reformada de St. Laurenzen, la cuadrícula de callejuelas y edificios medievales que gira alrededor de Marktgasse y el Bohl, el amplio espacio contiguo a la plaza del mercado, donde se encuentran la Waaghaus, sede del consejo municipal, y el Hotel Hecht, el hotel más antiguo; y el Textilmuseum, en Vadianstrasse 2, que cuenta la historia de la ilustre tradición textil local.

