Además de ser el condado más septentrional y extenso de Suecia, Laponia es un mundo nada banal ni carente de atractivos, conectado desde hace décadas de manera excelente con el resto del país y moldeado por una naturaleza exagerada, con lagos, montañas, mesetas y colinas, que lo convierten en una especie de tapiz viviente.
Patria de los llamados lapones o, más correctamente, sami, este territorio es recomendable no solo en verano, sino también en el largo invierno ártico.
Laponia en invierno
Aunque la naturaleza entra en hibernación, hay mil maneras de divertirse y descubrir un territorio de nieve y hielo: paseos en moto de nieve o en trineos tirados por renos o husky a través de interminables bosques o sobre lagos congelados; encuentro con los sami y parada para almorzar en una cabaña típica; excursiones a bordo de barcos rompehielos; pesca ártica o esquí de fondo en pistas que parecen no tener fin.
Llegando desde el sur, uno de los primeros centros que se encuentran es Arvidsjaur, antiguo pueblo lapón rodeado de bosques y lagos que, en invierno, se convierten en espejos helados sobre los cuales las principales casas automovilísticas suelen probar sus nuevos modelos: ¡qué emoción, una vuelta espectacular en un modelo exclusivo y flamante!
Más al norte, aparece Jokkmokk, ciudad sami por excelencia, con un interesante museo llamado Ajtte. Aquí, cada primer fin de semana de febrero, desde 1605, se celebra un gran mercado invernal en el que se pueden comprar los más variados productos y manufacturas de estas tierras.
Aún más al norte, en Gällivare, los amantes del esquí de fondo encuentran pistas magníficas y, con un poco de suerte, también se puede encontrar algún campeón local que vine a entrenar precisamente aquí.

