El apodo de Ciudad Eterna le sienta a la perfección a Roma, gracias a esa mezcla entre la modernidad de una gran ciudad y la permanencia de monumentos que, durante siglos, han sido testigos de la historia, los cambios urbanos y la vida diaria.
Día uno: qué ver en Roma
Un viaje a Roma debe comenzar por la cúpula de la Basílica de San Pedro: es la primera silueta que se busca en los tejados, antes de adentrarse en las impresionantes naves y los blancos mármoles del corazón del Vaticano.
A poca distancia se alza el Castel Sant’Angelo, una fortaleza circular reflejada en el río Tíber. El camino hacia el centro de Roma es plano y agradable para caminar: Piazza Navona y su Fontana dei Quattro Fiumi reciben a los paseantes que paran para un helado en un banco o un té caliente en una de las cafeterías históricas con terraza.
En esta estancia en Roma no hay que perder el tiempo: hay que lanzarse a descubrir la ciudad, cuyo centro está realmente cerca. De camino espera el Pantheon, el templo circular dedicado a todos los dioses; y entre las típicas callejuelas adoquinadas se alza de repente el imponente Altar de la Patria en Piazza Venezia. Este monumental edificio de mármol permite subir escalón a escalón hasta disfrutar de una impresionante vista panorámica de Roma. Piazza Venezia se abre en varias direcciones.
De frente, se accede a Via del Corso y las zonas comerciales de Via Frattina y Via Condotti, hasta llegar a Piazza di Spagna y Trinità de’ Monti, paradas imprescindibles en toda ruta por Roma.
A la derecha del Altar de la Patria, de espaldas a él, nos encontramos con la Roma de la grandeza y la historia antigua: los Foros Imperiales.
Día dos: qué ver en Roma
Los Mercados de Trajano dan la bienvenida a los visitantes, para después continuar por el Foro de César, el de Augusto, el Foro de la Paz y el de Nerva.
Recorriendo la Via dei Fori se avanza hacia el principal icono de la ciudad, el Coliseo o Anfiteatro Flavio. Llegar a la colina del Quirinale es sencillo, pasando entre majestuosos edificios antiguos y modernos, hasta encontrar un respiro frente a la famosa Fontana di Trevi, escultura dedicada al mar.
Imposible olvidar aquí la escena de Anita Ekberg invitando a Marcello Mastroianni a bañarse con ella en la fuente en la película La Dolce Vita.

Día tres: qué ver en Roma
Roma no es solo monumentos y pasado: también es el bullicio de la gente que charla y se encuentra en las plazas, ya sea caminando, en autobús, en metro o, mejor aún, en bicicleta.
Tras tanto caminar, lo mejor es tomar un respiro en lo alto del Pincio: desde allí, se domina toda Roma, a un paso de la frondosa Villa Borghese y de la amplia Piazza del Popolo.
Al anochecer, Trastevere se convierte en el centro de la vida social, entre terrazas y trattorias donde comer, en callejuelas que muestran el alma popular de la ciudad.
Llega la hora de descansar en el hotel o en uno de los muchos b&b de Roma, pero ya apetece volver a recorrerla, convencido de que ya hay que organizar otra escapada a Roma.

