El pueblo fue creado en 1877 por Cristoforo Benigno Crespi, un industrial textil de la provincia de Milán, y fue construido a lo largo del cauce del río Adda entre los municipios de Capriate San Gervasio y Canonica, donde las cascadas permitían el movimiento de los telares y la producción de energía. Crespi d’Adda es considerado el ejemplo más importante de pueblo obrero en Italia, tanto por su perfecto estado de conservación como por la ejemplaridad de su planificación urbanística, tanto que en 1995 fue incluido en la Lista del Patrimonio Mundial de la UNESCO.
Para llegar a Crespi d’Adda hay que recorrer la caótica y muy transitada A4, la autopista que parte de Milán y llega a Venecia, cruzando todo el “nordeste”, el territorio más productivo de Italia. A lo largo de este estresante recorrido se puede tener una idea del intercambio masivo de mercancías que tiene lugar diariamente en esta rica y dinámica zona. Pero justo al salir de la salida de autopista de Trezzo d’Adda, a solo 20 kilómetros de la gran metrópoli milanesa, como por arte de magia todo ruido desaparece y uno se encuentra proyectado casi a otra época. En estos lugares la atmósfera es la típica de la brumosa provincia lombarda, marcada por ritmos lentos, donde la bicicleta reina soberana y donde cada uno vive su existencia en estrecho contacto con una bella naturaleza hecha de bosques, colinas y silencio.
Las tranquilas aguas del Naviglio de la Martesana, construido en el siglo XV para irrigar los campos con las aguas del Adda, fluyen lentamente y alimentan los molinos y las centrales eléctricas de esta parte de Lombardía. Y es precisamente en este lugar mágico donde está Crespi d’Adda.
El pueblo obrero se desarrolla alrededor de dos ejes principales ortogonales entre sí, de los cuales el más largo, el Corso Manzoni y Donizetti, sigue la orilla del río, atraviesa todo el pueblo y termina en el cementerio. Su función era separar la fábrica de las casas, dividiendo así físicamente el espacio destinado al trabajo del destinado a las viviendas y al tiempo libre. La otra calle, Viale Vittorio Emanuele II, se cruza con el Corso en el centro del pueblo, y conecta la hermosa entrada de la fábrica con el parque público, uniendo así idealmente la vida social del pueblo con su vida productiva. También las casas de los habitantes del pueblo, alternando los colores rojo y verde, están dispuestas a lo largo de una red regular y ortogonal de calles. Las de los obreros son casitas a menudo bifamiliares, todas iguales y con un pequeño huerto-jardín, mientras que las viviendas de los empleados y directivos son bonitas y elegantes casitas de dos pisos, cercanas a un bosquecillo y con un gran jardín en los cuatro lados. Las casitas fueron diseñadas en los años veinte, en un estilo mixto Liberty, Secesión vienesa y Art Déco, por Ernesto Piròvano, un arquitecto particularmente sensible al estilo medieval y especializado en proyectos de tipo monumental. De él es también el proyecto de la residencia de la familia Crespi, una imponente villa-castillo que se encuentra a la entrada del pueblo, antes de la fábrica y un poco alejada de todas las viviendas. Al otro lado de la larga calle, al final del pueblo, está en cambio el cementerio con el grandioso mausoleo de la familia que nos recuerda, quizás demasiado abiertamente, la sólida jerarquía que existía en Crespi d’Adda, en la vida como en la muerte.
Muchos otros industriales de la época siguieron el ejemplo de Cristoforo Benigno Crespi y construyeron pueblos obreros, adoptando una actitud humanitaria y de paternal benevolencia hacia sus empleados. Además de ofrecer un techo para la noche, una iglesia para los domingos, el cuartel de bomberos, el teatro, la banda musical y un huerto para evitar las tentaciones de la taberna, quisieron proponer a todos los empleados también un nuevo modelo de familia: la suya. Todo esto en el sueño de un nuevo feudalismo que sin embargo no duró más allá de la Primera Guerra Mundial.

