El mismo Estado africano debe su nombre a la ciudad, ya que durante la Edad Media, Marrakech, era conocida en Europa como Ciudad de Marruecos, precisamente.
Hoy Marrakech se presenta como una ciudad cosmopolita y llena de atractivos. Fascinante es la ciudad vieja, llamada la medina, situada al oeste de la ciudad nueva. Y es precisamente aquí, en la plaza de la medina llamada Jāmiʿ el-Fnā, donde se desarrolla más intensamente la vida turística y local de Marrakech en una vibrante transformación entre las horas diurnas y nocturnas.
Durante el día Jāmiʿ el-Fnā acoge puestos y mercados al aire libre donde se puede comprar de todo y más, desde telas hasta dátiles y huevos de avestruz. Complementan el dinamismo diurno músicos, encantadores de serpientes, sacamuelas, malabaristas, artistas especializados en decoraciones con henna y muchas otras actividades. El lado norte de la plaza es la zona más dedicada a los turistas con sus zocos, mercados que se ramifican en callejuelas y placitas cada una reservada para un tipo específico de comercio. Al caer el sol, los puestos mercantiles dan paso a los puestos nocturnos arreglados con platos típicos preparados en el momento y acompañados por los alegres ritmos de trovadores y músicos.
Admirando los varios zocos se llega hasta la Mezquita de Ben Youssef y a la cercana medersa homónima, es decir, una escuela especializada en el aprendizaje de los fundamentos islámicos. Desplazándose, en cambio, al lado sur de la plaza se encuentra la mezquita de la Kasbah, tras haber cruzado la única puerta que queda, llamada Bab Agnau, que data de la dinastía almohade. Dejando la mezquita se llega luego, a través de un estrecho pasaje, a las Tumbas Saadíes reencontradas en 1917 en total abandono. Hoy estos sepulcros resultan ser uno de los pocos monumentos de Marrakech más dignos de mención.
Después de visitar también el complejo del Palacio Real, el Mellah (antiguo gueto judío), el jardín Majorelle (en la ciudad nueva) y el Cyberpark (dedicado a las tecnologías informáticas y al desarrollo sostenible), se puede regenerar en un spa, degustar el tajín y otros productos gastronómicos locales y, finalmente, lanzarse en la “noche loca” de Marrakech… como cantaba Mina.

