“El lugar es tan extraordinario que quien ve la película no cree que Seaside pueda existir realmente. De hecho, todos piensan que la aldea fue construida enteramente para la ocasión, naturalmente en Hollywood”, dice el productor de la película Edward S. Feldman.
Fuimos a descubrir Seaside. En la costa noroeste de Florida, casi en la frontera con Alabama, está Pensacola, una de tantas pequeñas ciudades americanas llenas de luces, megatiendas, parques acuáticos y con restaurantes frente al mar donde se pueden comer langostas por pocos dólares. A una hora en auto, hacia el sur, está Seaside, una pequeña aldea de colores pastel, silenciosa, cálida y acogedora. Pensada y construida a escala humana.
Estamos muy lejos de las zonas de playa llenas de gente de la península. Aquí no hay mucho turismo aunque la cálida corriente del Yucatán calienta agradablemente el mar y las playas blanquísimas garantizan un bronceado que genera envidia a cualquiera. La arena de las sugar beaches tiene un alto porcentaje de cuarzo y es tan blanca que refleja el calor y se mantiene fresca incluso con el fuerte sol estival de Florida. Caminar descalzo sobre la playa fresca y escuchar ese extraño “chirrido” provocado por los pequeños granos de cuarzo que se frotan unos contra otros ya es relajante por sí mismo. Vivir en Seaside, en una casa junto al mar, es lo máximo.
En Seaside hay muchas casas frente al mar. Pero todas están muy cerca del centro; un centro con la oficina postal, con el supermercado, con la iglesia y con la escuela.
Una solución urbanística pionera
La ciudad fue construida en 1980 sin dejar nada al azar. Pensada por Robert Davis, Seaside fue diseñada y realizada por arquitectos estadounidenses de renombre internacional entre los cuales están Elizabeth Plater-Zyberk y Andres Duany de la sociedad DPZ de Miami.
El lento y continuo abandono de las metrópolis en busca de lugares más habitables pero siempre cercanos al trabajo se ha revelado, con el tiempo, una elección equivocada. En las últimas décadas los estadounidenses, a veces atraídos por soluciones habitacionales aparentemente atractivas, otras veces impulsados por silenciosos poderes económicos, terminaron vaciando sus grandes ciudades, que hoy se han reducido a simples contenedores de actividades de servicios y comercio. Las vaciaron para luego encontrarse relegados a zonas anónimas de una lejana periferia, atados fuertemente al automóvil. Tras muchos años de este fenómeno, los arquitectos más atentos notaron un tímido cambio de tendencia. Entre la gente común comenzó a difundirse una fuerte necesidad de humanidad, sin embargo sin querer renunciar al bienestar adquirido.
Se pensó en aplicar nuevos criterios urbanísticos a esos pequeños centros muy cercanos a las metrópolis, que se han convertido, como se ha visto, en enormes barrios dormitorio, a veces degradados y frecuentemente peligrosos.
La idea de revisar la organización urbanística de los suburbios caló entre los expertos, y los arquitectos se pusieron a trabajar para buscar una rápida solución a este nuevo problema. Algunos pensaron en la recuperación sistemática y la transformación de zonas residenciales ya existentes. Otros optaron por la construcción de nuevas realidades habitacionales. Todos, en todo caso, buscan una “humanización” de los conglomerados suburbanos, una reducción posible solo creando ambientes habitables y saludables, que sobre todo favorezcan las relaciones humanas.
El experimento comenzó partiendo de las zonas cercanas a pequeñas y medianas ciudades.
Casas de colores pastel y materiales “vivos” para la ciudad a escala humana
Seaside es uno de los ejemplos mejor logrados de esta nueva tendencia americana. Para construir las casas de la ciudad se prefirió el romántico estilo victoriano y se utilizó la madera, un material que muchos consideran “vivo”, con alma; pero sobre todo porque es un material local. Luego las casas fueron hechas todavía más acogedoras pintándolas con tonos pastel suaves. El pavimento de las calles fue realizado con granito gris integrado con ladrillos de terracota; aunque al principio los arquitectos, quizás llevados por un exceso de entusiasmo, habían cubierto las calles con fragmentos de conchas para conectar idealmente la ciudad con el mar, tan cercano y tan presente en la vida local. Pero como era demasiado incómodo caminar sobre ellas, se prefirió la solución actual, ciertamente más práctica.
Todas las casas son de dos pisos, con una gran sala en la planta baja y la zona de noche en el piso superior. Todas tienen un porche, luminoso y acogedor, donde poder pasar un poco de tiempo libre en absoluto relax. Además, los diseñadores consideran que el porche favorece las buenas relaciones vecinales, devolviendo la vida a una dimensión más humana. Además es más fácil vigilar a los niños que juegan al aire libre.
Los garajes están en la parte trasera de las viviendas y se accede a ellos sin que los autos pasen frente a las casas: así se eliminan humos, ruido, peligros y tráfico. Por todas partes hay ciclovías y la omnipresente megatienda ha sido sustituida por una abastecida tienda de comestibles familiar. No lejos hay piscinas, campos de golf y tenis y, naturalmente, espacios verdes por todas partes.
El color azul del cielo y el ruido lejano de las olas contribuyen a hacer serena la vida en esta ciudad a escala humana, donde las vacaciones dominan la vida cotidiana.

